6 de julio de 2011

¡Feliz día Maestro!


Recuerdo los 6 de julio durante mi etapa escolar: las celebraciones en el patio principal, discursos, declamaciones, etc.

A medida que crecía, mi visión de los profesores iba perdiendo la fantasía propia de la niñez, para dar paso a una visión más real, más humana.

Tuve la suerte de pasar varios de mis años escolares en un colegio atípico: pequeño, con estudiantes que llegaban por algunos años y que traían experiencias de varias ciudades del país; con profesores jóvenes, que invertían diaramente dos horas de sus vidas trasladándose del colegio a la ciudad, la mayoría solteros; fue interesante descubrir que, cuando hacían un break a las labores, se parecían mucho a nosotros, los estudiantes.

Este descubrimiento me permitió entender que mis profesores no eran sólo profesores, tenían momentos felices, bromeaban entre ellos, se enamoraban, sufrían, tenían miedos y preocupaciones, esperanzas y anhelos, en fin, eran humanos.

Gracias a eso pude romper esa barrera invisible entre ellos y yo, tomar confianza, aprender fuera del salón de clases, saber que con ellos era posible, como con cualquier compañero de clase, ser amigos, conversar de la vida y opinar del mundo fuera de los muros del colegio.

Creo, también, que actualmente algunos profesores aún mantienen esas dos facetas separadas. Si las unieran, aquella relación desarrollada con sus estudiantes se vería enormemente beneficiada, para todos los implicados.

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